Aquí, ahora y aceleradamente

 

«Lo más urgente es lo de ahora y lo de aquí; en el momento que pasa y en el reducido lugar que ocupamos están nuestra eternidad y nuestra infinitud».

(Unamuno, Vida de Don Quijote y Sancho, 1905)

 

1. Considerado como fenómeno histórico en sentido estricto —pues cabría remontarse a los asentamientos neolíticos en los que hace aproximadamente diez milenios tuvo lugar la revolución agrícola, e incluso al paleolítico, cuando los primeros homínidos dominaron el fuego—, el proceso de aceleración social, cultural y tecnológica a cuyo paroxismo asistimos en la actualidad se inició con la creación del alfabeto fonético y se intensificó exponencialmente con la sucesiva invención de la imprenta (1440) y el telégrafo (1844). Esta sería, al menos, la tesis defendida por el máximo profeta de la era electrónica, Marshall McLuhan. Ya Valéry afirmaba en 1943: «La brillante y deplorable carrera de Europa por legar al mundo la ciencia positiva y el triste ejemplo de la primacía de la riqueza, se produce entre el siglo VI antes de nuestra era y el siglo XX. Muy despacio al principio, de forma acelerada a partir del siglo XV, y con velocidad frenética desde 1800». El poeta y pensador francés no ignoraba el dato decisivo de que la difusión de la escritura alfabética y la expansión de la moneda son acontecimientos simultáneos, que culminan alrededor del siglo VII ae. Conste, sin embargo, la objeción de Lévi-Strauss: «En el neolítico, la humanidad dio pasos de gigante sin el auxilio de la escritura; con ella, las civilizaciones de Occidente se estancaron durante mucho tiempo» (1955). George Steiner señala a su vez: «La Revolución francesa y las guerras napoleónicas apresuraron el ritmo del tiempo. Quienes vivieron entre 1790 y 1815, experimentaron ese tiempo como algo formidablemente acelerado» (1971). El hecho de que Volta, a quien Napoleón otorgó el título de conde, descubriera la pila eléctrica en 1800 no es seguramente ajeno a la celeridad de ese cuarto de siglo. Pero media centuria antes, coincidiendo con la acuñación del lema más representativo del capitalismo —«El tiempo es dinero» (Benjamin Franklin, 1748)—, había comenzado a generalizarse el uso del reloj de bolsillo.

 

2. Hace justamente cien años, Einstein formuló la hipótesis de una fuerza contraria a la gravedad —la célebre «constante cosmológica»— que impediría que el universo, estático según las concepciones de la época, se contrajera bajo los efectos de la atracción gravitatoria. En 1929, al descubrirse que vivimos en un universo en expansión, el físico germano-judío-helvético-estadounidense descartó su conjetura. Sin embargo, en 1998, al constatarse que no solo habitamos un universo en expansión, sino en expansión acelerada, la constante cosmológica, rebautizada como «energía oscura», fue recuperada para identificar la fuerza responsable de que las galaxias se alejen entre sí cada vez más deprisa (inflación cósmica). ¿Con qué ojos contemplan los astrofísicos tamaño panorama? «Un universo que se acelera indefinidamente no es nada halagüeño» (Witten). «Un universo que se acelera es el peor posible, tanto en lo que respecta a la calidad como a la cantidad» (Krauss). La fuerza repulsiva de la energía oscura ejercerá una presión tan extrema que desgarrará las galaxias. Corolario: dentro de 7.590 millones de años, la Tierra será engullida por el Sol. No hay futuro a largo plazo. ¿Y a corto?  

3. Inmediatamente después de los bombardeos atómicos que pusieron fin a la segunda guerra mundial, el término stress, procedente de la Física, donde designa la resistencia o fatiga de materiales, hace su aparición en el vocabulario médico. En 1947 —el mismo año en que Adorno y Horkheimer declaran que «en el capitalismo avanzado, el ocio es la prolongación del trabajo»—, el antropólogo, lingüista y cibernético británico Gregory Bateson proclama: «El mundo se dirige hacia el infierno a gran velocidad, con una aceleración positiva y un incremento también positivo de la aceleración». El cineasta e inventor granadino José Val del Omar atestigua en 1974: «Nos levanta la mayor ola de aceleración conocida en la historia de la humanidad; desde su punto más alto pueden verse el paraíso y el infierno». Una década más tarde, el estrés ha cobrado tal carta de naturaleza que para el médico y ensayista norteamericano Lewis Thomas no pasa de ser una mera «descripción de la condición humana». En 2013, el sociólogo y politólogo alemán Harmut Rosa recapitula: «El incremento dramático de casos de depresión y agotamiento parece constituir una reacción a la sobrecarga temporal o a los elevados niveles de estrés impuestos por la sociedad moderna».

4. «La aceleración social —continúa Rosa— está a punto de atravesar ciertos umbrales, más allá de los cuales los seres humanos quedan necesariamente alienados». Hay razones para sospechar que ese punto de no retorno ha sido franqueado. «No es que el tiempo se esté agotando. ¡El tiempo ya se agotó!», exclamaba Malcolm X un año antes de ser acribillado a balazos en Nueva York. Ivan Ilich reiteraba en 1988: «El tiempo de los seres humanos se acabó. Se acabó hace mucho tiempo. Saber que no tenemos futuro es una condición necesaria para reflexionar». Aun así, el filósofo Francisco Jarauta discurría en vísperas de la reciente crisis financiera: «Crecen las incertidumbres, y no hay respuestas para la ansiedad. Se acumulan los riesgos, los desastres, los brotes incontrolables e insoportables. Vivimos un proceso inédito de aceleración de los cambios. ¿Qué modelo de resistencia debemos construir?». Los acontecimientos del último decenio no dejan lugar a dudas. No es que vayamos a estrellarnos. El accidente —moral y corporal— ha sucedido ya. Nosotros, ciudadanos desasosegados e histéricos de la sociedad tardocapitalista, somos el mejor testimonio de ello. Virilio lo predijo en 1997: «La cara oculta de la capitalización es la aceleración. Ayer, la de los transportes; hoy, la de las informaciones. Mañana, podremos asistir al accidente de accidentes, el accidente del tiempo. Alcanzada la barrera de la aceleración, la historia choca por primera vez con un límite cronológico». Pero hay otro factor que nadie parece tener en cuenta: la aceleración demográfica. Nadie, salvo, naturalmente, el maestro de maestros Lévi-Strauss, quien en 1961 puntualiza: «Esa suerte de impotencia del hombre ante sí mismo obedece en gran medida a la enorme expansión demográfica de las sociedades modernas. La incapacidad en que nos hallamos responde a la extraordinaria masa humana en el seno de la cual vivimos. Tendemos cada vez más a una civilización mundial, y esa nueva magnitud hace incontrolable la sociedad humana». Los 3.000 millones de personas que entonces poblaban la Tierra, se han convertido hoy en 7.500.

5. ¿Es posible que fenómenos tan aparentemente dispares como la expansión acelerada del Universo y la aceleración del ritmo de vida en nuestro planeta estén relacionados? ¿Sería descabellado establecer una correspondencia directa o indirecta entre la inflación cósmica y el estrés clínico? Fernando Aramburu apuntaba en 2008 una respuesta mordaz: «Al cosmos no le queda más remedio que expandirse. De lo contrario, ¿cómo podría abarcar la estupidez incesante de la especie humana?». Ocho años después, Martí Peran, autor de Indisposición general: Ensayo sobre la fatiga, expresaba abiertamente su perplejidad: «La hipótesis de una probable expansión infinita del universo, que ha de provocar su irreversible muerte térmica, apenas nos asombra y mucho menos nos espanta». En un ejercicio de pedagogía etimológica, el crítico de arte catalán explicaba el significado originario del infinitivo latino fatigare: cabalgar hasta extenuar por completo los caballos. En la sociedad digital, los caballos han desaparecido de escena, pero el espacio electrónico favorece una vertiginosa dispersión que acorta los plazos del sujeto ansioso y deprimido por la exigencia competitiva y la sobrexplotación de sí mismo. ¿Qué hacer? A juicio de Peran, es perfectamente lícito «retirarse y desconectar las terminales».

6. A lo largo del primer lustro de la década de 1960, el profesor de Literatura y teórico de la Comunicación Marshall McLuhan (1911-1980) fue desgranando sus clarividentes análisis: «En la nueva era electrónica, el mundo se ha comprimido bajo un torrente informativo que lo cruza en todas direcciones. Vivimos, por así decirlo, en una aldea universal. Las noticias llegan hasta nosotros desde todas partes con celeridad electrónica ... Los medios sustituyen el concepto de una-cosa-cada-vez por el de todo-a-la-vez. El desplazamiento de la información a una velocidad próxima a la de la luz se ha convertido en la mayor industria mundial» («Informe sobre los nuevos medios», 1960; Caliente & frío, 1967). «Ahora no solo podemos vivir a la manera de anfibios en mundos divididos y distintos, sino plural y simultáneamente en muchos mundos y culturas ... La membrana cósmica dispuesta alrededor del planeta por la dilatación eléctrica de nuestros sentidos crea lo que Teilhard de Chardin llama "noosfera" o cerebro tecnológico del mundo. En lugar de evolucionar hacia una enorme biblioteca de Alejandría, el mundo ha devenido un ordenador, un cerebro electrónico, exactamente como en un relato de ciencia ficción. Y a medida que nuestros sentidos han salido de nosotros, el Gran Hermano ha entrado en nuestro interior. Mientras tomamos conciencia de esta dinámica, ingresamos rápidamente en una fase de terror pánico que corresponde a un mundo pequeño de tambores tribales» (La Galaxia Gutenberg, 1962). «Después de tres mil años de explosión, el mundo occidental ha entrado en implosión. Al cabo de más de un siglo de tecnología eléctrica, hemos extendido nuestro sistema nervioso central hasta abarcar todo el globo, aboliendo tiempo y espacio ... Usted ya no puede irse a casa» (Comprender los medios de comunicación: Las extensiones del hombre, 1964).

7. Rosa define precisamente el sentimiento o concepto de alienación como «lo contrario a sentirse en casa». Y advierte: «En su forma actual "totalitaria", la aceleración social conduce a formas de alienación graves y empíricamente observables, que pueden ser consideradas como el obstáculo principal para la realización de una buena vida».Por ejemplo: el tiempo promedio de sueño ha disminuido dos horas desde el siglo XIX, y 30 minutos entre 1970 y 1999. Primera conclusión: la velocidad no es nuestro hogar; segunda: a mayor velocidad, menor autonomía. En 1969, en el curso de una famosa entrevista concedida a la revista Playboy, McLuhan preconiza: «El derrumbamiento de valores sociales como el derecho a la privacidad y la dignidad del individuo refleja toda nuestra alienación... A medida que los medios eléctricos transforman al hombre, todos nos convertimos en polluelos correteando en busca de nuestras identidades anteriores, y en ese proceso se libera una violencia tremenda. Serán habituales las crisis mentales, incluyendo las de sociedades enteras incapaces de resolver sus crisis de identidad. No es un periodo fácil, especialmente para los jóvenes, quienes, a diferencia de sus mayores, no pueden refugiarse en el trance zombi de narcosis narcisista que paraliza el estado de shock inducido por el impacto de los nuevos medios... Todas las tecnologías o extensiones previas eran parciales y fragmentarias, mientras que la eléctrica es total e inclusiva. El ser humano está empezando a usar el cerebro fuera de su cráneo y los nervios fuera de su piel... Ningún ciudadano puede escapar a ese impetuoso ataque, ya que no hay, literalmente, lugar para esconderse... Los medios eléctricos están desintegrando la estructura entera de la sociedad... Será inevitable que la información electrónica nos sacuda a todos como corchos en un mar tempestuoso».  

“Presente”, de la serie PALABRAS (2016). Mireia Sentís.

8. Acelerar quiere decir hacer más cosas en menos tiempo y, por tanto, peor. A despecho de las impresionantes tasas de innovación tecnológica, el universo de nuestras tareas cotidianas se expande más deprisa de lo que nuestra diligencia permite asumir. Como observa Rosa, al final de cada día estamos más atrasados que al principio. La lógica de la competencia, gobernada por el corto plazo del capitalismo financiero y de la banca de inversión, no es el único, pero sí el principal motivo de ese «estancamiento hiperacelerado»: «El juego de aceleración impulsado por la competitividad nos mantiene encerrados en una rueda de hámster que gira cada vez más rápidamente». El autor de Aceleración y alienación muestra su profunda extrañeza ante el hecho de que no exista debate, ni moral ni político, acerca de los dictados de la velocidad: «Nuestras opciones aumentan incesantemente, mientras nuestras capacidades reales descienden ... Compensamos el consumo no realizado con un aumento de las compras. Esto es bueno para la economía, pero malo para la vida». Bajo la superficie dinámica, Rosa detecta la esclerosis cultural y estructural de nuestra era: «Si aquellos que están bien equipados y compiten desde lugares de privilegio deben correr para permanecer en juego, quienes parten con algún tipo de déficit configuran lo que ha sido llamado precariado». Una vez más, McLuhan se había anticipado: «En las épocas de innovación tecnológica, es fácil observar un estado permanente de rigor mortis o de sonambulismo» (1964). «Cuando inventamos una tecnología, nos convertimos en caníbales. Nos devoramos vivos, porque cada nueva tecnología es una mera prolongación de nosotros mismos. El nuevo entorno conformado por la tecnología eléctrica es antropofágico y devora a la gente. Para sobrevivir, debemos estudiar los hábitos de los caníbales» (1967). Y en su último libro, Leyes de los medios, editado póstumamente, consigna: «En la era eléctrica, la alteración de la identidad humana ha privado a poblaciones completas de valores personales o comunales en un grado que excede las carencias de comida y energía».

9. La prisa y la urgencia han existido siempre. Ya en el siglo IV ae, Menandro ponía el dedo en la llaga: «No tengas prisa por ser rico, para no hacerte rápidamente pobre». No es casualidad que Einstein designara la constante cosmológica de sus ecuaciones con la letra griega Lambda. Todo comienza bajo los cielos oscuros —léase, sin contaminación lumínica— del Mediterráneo oriental. Comienza cuando la bóveda celeste, perenne destinataria de la interrogativa mirada de los seres humanos, desliza en su conciencia una grandiosa intuición: la norma del cosmos rige también en el interior de quien observa; el hombre es un microcosmos. Qué admirable espectáculo debió de ofrecer a los primeros filósofos el firmamento, habida cuenta de que, como ahora sabemos, se ha ido alejando inexorablemente de nosotros. «El alma humana no es mayor que un simple punto, y sobre él gravitan la forma y el carácter del cielo entero», aseguraba Kepler, el fundador de la astronomía moderna. «Cualquier agitación local conmueve al universo entero», corroboraba el matemático y filósofo angloestadounidense Whitehead.«Las fibras más íntimas del complejo humano se confunden con la trama misma del Universo», refrendaba Val del Omar. En 2008, se inauguró en Ginebra el acelerador de partículas más potente de la historia; su objetivo, acceder a los últimos secretos del Universo. Un año más tarde, la prensa científica internacional transmitía la noticia de que nuestra galaxia gira a mayor rapidez de lo que se creía: el sistema solar se desplaza en torno a ella a una velocidad de 960.000 kilómetros por hora, superior en 160.000 al cálculo anterior. La prisa y la urgencia han existido siempre. Pero ahora hablamos de otra cosa; de algo para referirse a lo cual es posible, como aventura Rosa, que las palabras se hayan vuelto demasiado lentas.

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