Editorial. F5, actualización del sistema

¿Te imaginabas hace diez años que lo primero y último que verías al despertar y al acostarte sería una pantalla de un teléfono móvil? ¿Y que unos, o más bien unas, robots inteligentes llamadas Roomba o Braava limpiarían tu casa? ¿Era posible concebir que la juventud podría hacer las tareas del cole con un solo click, y que con un segundo click y en décimas de segundo podría también ser conducida a una página con consejos para ser anoréxico? ¿Y que ya no nos comunicaríamos tanto con nuestras parejas mirándoles a los ojos sino enviándoles emoticonos?

¿Qué hay del hecho de avisar a tu hermano de que la cena está lista a través de Whatsapp en lugar de acercarte a su puerta o darle un grito? ¿Te imaginabas haciendo una suma de cuatro líneas en la calculadora de tu móvil? ¿Y entrando a Google para resolver lo más rápido posible la multitud de dudas que alimentan las conversaciones entre amigas?

En muchos casos la tecnología está demostrando su gran potencial como herramienta de apoyo para abordar algunos de los grandes retos que afrontamos como humanidad así como muchos de los pequeños momentos de nuestro día a día que hacen de la vida algo más digno. La tecnología permite revueltas masivas y anónimas en respuesta a actos injustos –permite, como dice Marina Garcés, “descubrir que la fuerza de lo común es anónima y que su palabra es infinita”–; nos permite sentirnos cerca a pesar de los millones de kilómetros que nos separan; ha dado paso a descubrimientos y realidades que éramos incapaces de imaginar en los campos de la ciencia, la salud o la antropología.

Pese a ello, también está demostrando que puede reproducir algunos de nuestros peores rasgos. El hecho de que, por ejemplo, los asistentes de voz sean representados como personajes femeninos –Siri de Apple, Cortana de Microsoft, Alexa de Amazon– mientras que el sistema avanzado de IBM, Watson, o el primer bot –programa informático que imita el comportamiento humano– contratado por una firma de abogados, Ross, tengan nombres masculinos, es una clara muestra de cómo la tecnología, dominada como tantos otros ámbitos por hombres, reproduce el pensamiento y la actitudes heteropatriarcales y occidentales.

El escritor Simon Sinek plantea el elevado componente adictivo de tecnologías como el móvil y las redes sociales. Afirma que la interacción con las mismas libera en el cerebro dopamina, un neurotransmisor asociado al sistema del placer que genera en nosotras sentimientos de gozo y motivación. Es la misma sustancia química que nos hace sentir bien cuando realizamos acciones como la de fumar o beber, todas ellas adictivas y, sobre las cuales, a medida que se han ido generando conciencia y consenso sociales en torno a su peligrosidad, han ido recayendo ciertas prohibiciones o restricciones de edad. ¿Acaso alguien se plantea restringir la edad en Whatsapp? ¿Es igual de impactante ver a un niño de 12 años con un teléfono móvil que fumando un cigarro?

No obstante, a diferencia con fumar o beber, salvando algunas heroicas excepciones, estamos expuestos durante muchas más horas diarias a la tecnología, hasta el punto de que se está sugiriendo que, por primera vez en la historia de la humanidad, se van a producir cambios profundos en nuestros cerebros como consecuencia del efecto excitante e inhibidor que el uso de las tecnología provoca en las neuronas.

La naturaleza tiene sus propios ciclos de vida y ritmos de regeneración, los cuales no solo no estamos respetando, sino que nos encontramos sumidos en una deriva frenética en la que nuestros propios ritmos de vida cada vez son más rápidos y en la que la tecnología ha instaurado la supremacía de lo efímero y lo obsolescente. ¿Dependen los efectos de la tecnología del uso que le demos? ¿O, como afirmó Ivan Illich hace décadas, “ciertas herramientas son siempre destructoras, cualesquiera que sean las manos que las detenten”?

En este loco Occidente parecemos no saber relacionarnos ni empatizar con quien tenemos enfrente. Ante situaciones de estrés y de malestar personal acudimos antes a redes sociales que ofrecen alivio temporal –¿cómo superar una ruptura?, tecleamos en Google–, que a personas. Ya no nos sudan las manos cuando queremos hablar a la persona que nos gusta por primera vez, porque resulta que hemos hecho un “match” en Tinder.   

La automatización hace que el 47% de los empleos en Europa corra alto riesgo de ser sustituido por máquinas en los próximos diez o veinte años. ¿Servirá la tecnología para despojarnos de la lacra de la explotación laboral y los empleos indignos, y en definitiva, para dejar de tener que vender nuestras almas para ganarnos la vida? ¿Nos permitirá poder gozar de más tiempo para vivir e incluso poder vivir sin un empleo? ¿O por el contrario se harán reales los peores presagios distópicos?

El filósofo recién fallecido Zygmunt Bauman calificó como trampa las redes sociales. Quizá esa “infracción maliciosa de las reglas de un juego” (según define la RAE) sea extensible a toda la red que, a veces, nos soporta y nos une, a veces nos hipnotiza y nos hace sentir rodeadas y otras veces nos condena a una profunda soledad.

Nosotras, en Istmos, no somos ya libres de las garras de la tecnología. Inexpertos emigrados digitales, gastamos tiempo y energía en intentar comprender una parte minúscula que nos permita establecer la mejor forma de comunicación con todas vosotras. A veces, cuando lo conseguimos, nos sentimos satisfechas y poderosas por haber roto la barrera tecnológica que, al parecer, nos separa de la sociedad. ¿Papel? ¿Quién dijo? Somos conscientes de que, siendo optimistas, el papel quedará como un objeto de coleccionista para rara avis lectores y editores y rara avis publicaciones. ¿O no?

Pese a ello y con todo ello, confiamos en que logremos darle un uso apropiado, inteligente y humano a estas pantallas que se van iluminando según entramos en un bar, cambiamos de metro o paramos en un semáforo. Este es, asumámoslo, el nuevo espacio que se nos ha dado a habitar. Aún sin legislación, aún (por poco tiempo) sin normas tan restrictivas como las que sufrimos en la “vida real”, es el momento de aprovechar los rincones de luz y no perdernos una vez más en la oscuridad. Es el momento de conquistarlo, conocerlo y hacer de él un lugar mejor, un lugar nuestro, ahora que puede que estemos a tiempo.





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