La flauta mágica

Un chico y una chica miran, esperanzados, hacia un horizonte sereno y remoto. Con una mano él la abraza desde atrás, por la cintura; con la otra sostiene una flauta travesera. Tienen el gesto de empezar a caminar, de tener los ojos y el corazón puestos el uno en el otro y en un mundo mejor. Sus figuras de color de arcilla, rodeadas por una fuente a la que se acercan los niños, guardan la paz de este rincón del cuarto distrito vienés. No hay ninguna placa que les identifique, pero yo sé que la flauta que llevan es mágica y que su amor ha tenido que vencer al fuego y al agua, y que su unión simboliza el triunfo de la luz sobre la oscuridad y el advenimiento de un futuro feliz. Junto a la chica y el chico de arcilla, la estatua que rinde homenaje a Mozart a través de los protagonistas de su ópera La flauta mágica, una niña morena juega y ríe, cuidada por la mirada de una mujer que le tiende las manos para enseñarle el mundo. Los sonidos del agua y las risas encajan con la limpidez de un motivo musical del clasicismo, melodías encantadoras que tararean los niños, fábulas en las que se aprende la difícil simpleza del amor. La luz del sol se derrama, plácida y generosa, sobre las fachadas color pastel de la capital europea.

Como en todos los lugares luminosos, tanta claridad esconde secretos. A veces son secretos monstruosos, como las historias de tortura y muerte que se agolpan en la memoria austriaca desde los años 30; a veces son secretos divinos, como un rito iniciático o una historia de amor. A veces el secreto es extraño y esotérico y no puede más que ser vislumbrado, mirado de reojo, apenas pronunciable en el bullicio de una sociedad bienpensante. Fridolin, el protagonista de Relato soñado de Arthur Schnitzler, contempla uno de esos secretos y, aprendiz osado, está a punto de sucumbir ante el poder de la ceremonia. Pero sólo quien enfrenta el abismo de lo sagrado vuelve crecido y preparado para la vida. Por eso tantos métodos didácticos se basan en el sadismo, como si la realidad exterior no supusiera suficiente disciplina. Como si el interior de cada uno de nosotros no fuera también otro inquietante territorio virgen donde brotan prestos sentimientos desconocidos, pensamientos imprevistos. Como si no temiéramos la posibilidad de que nuestros conciudadanos descubrieran en nosotros esa rareza, esa emoción excéntrica que revelara nuestra profunda marginalidad.

Nada más natural que los secretos, por otra parte. Sería mágico poder mostrar las innumerables facetas de nuestro carácter individual: quedaríamos aturdidos, deslumbrados por una luz que se refleja en mil espejos. Sólo los adolescentes, que se toman muy en serio el tema de la identidad –y por eso se enamoran fácil y ansiosamente– se entregan con plenitud al conflicto entre individuo y sociedad.

Un lluvioso viernes de agosto, en un rincón del Museumsquartier, chicos de entre catorce y dieciséis años interpretan los conciertos barrocos con los que tantos otros hemos ejercitado dedos y golpes de arco. Después de cada pieza, entre el público, los compañeros comentan  el desarrollo de la interpretación; en sus palabras hay cariño, y también crueldad. Es el momento en el que creemos saberlo todo y creemos también que la madurez es no tener nada más que aprender. Igual que percibimos una diferencia clara entre los nuestros, a los que no les oímos las notas desafinadas, y los otros, a los que el mínimo desajuste rítmico les califica como poco talentosos, así de nítida vemos la frontera entre la adultez y la infancia, o entre pertenecer a los sabios iniciados y ser un ridículo ignorante. A los primeros les corresponde el liderazgo, el conocimiento del pasado y del futuro; a los segundos, el pringoso trato con el presente.

Por eso en la estatua de la Mozartplatz son Pamina y Tamino, princesa y príncipe, ungidos por el agua y el fuego, los que están representados. Hay sin embargo un contrapunto cómico al heroico romance de los protagonistas, y no es otro que la historia del pajarero Papageno. Este pajarero, cuyo nombre evoca la palabrería absurda del loro, tiene, como los secundarios y los perdedores, voz de barítono. Papageno es un hombre de aspiraciones sencillas: comer, beber, y sobre todo encontrar una bella mujer que le dé muchos hijos. Este anhelo, tan común, es abordado en el libreto desde cierto paternalismo. Comparado con el conocimiento superior al que acceden Tamino y Pamina, el amor familiar de Papageno parece una minucia, casi un capricho del pajarero. En alemán, la expresión “tener un pájaro en la cabeza” significa no estar bien de la azotea, que le falte a uno un tornillo, tener una tocadita. Para la arrogancia masónica de Schikaneder, escritor del texto operístico, la simpleza del pajarero es una forma de locura. Wolfgang Amadeus, por su parte, escribe música que parece apuntar otras ideas, componiendo arias y duetos en los que Papageno le canta al amor con melodías tarareables. Papageno, o más bien Wolfgang Amadeus, juega con la armonía porque se divierte. No es necesario dominar saberes arcanos para disfrutar de la música; precisamente por su excentricidad los niños y los locos pueden crear juegos que los iniciados ya han olvidado.

La improvisación expresa siempre una forma de secreto, una semilla encerrada en el fruto del arte, el corazón de la magia. La educación trata de controlar este misterio, a veces replicándolo, aniquilándolo en el peor de los casos. Ludwig Wittgenstein, atribulado pionero de los límites del lenguaje, se pasó la vida intentando revelar el mecanismo por el cual aprendemos a hablar. Los niños balbucean, señalan, juegan con el lenguaje hasta que las palabras se adhieren a sus sentimientos haciéndolos inteligibles para los demás y para sí mismos. La lengua es la primera técnica, o también, el primer velo sobre ese interior anárquico y sagrado que contempla con morbo nocturno Fridolin. Conócete a ti mismo, han dicho siempre los buenos maestros en su tono oracular. La aventura de Tamino comienza cuando se deja seducir por la Reina de la Noche, y es que debemos explorar las tinieblas para darle la victoria a la luz. Mozart, que era masón, sabía bien lo que significa un rito iniciático.

Aprender es un viaje a través del fuego y el agua. La técnica es sólo el primer paso, porque no basta el perfeccionismo de los adolescentes que quieren ser tan virtuosos de música como de la vida social. Lejos de hacernos cantar las melodías de Papageno, este método suele resultar en el silencio impotente de lord Chandos: para el personaje de Hugo von Hofmannstahl las palabras no son más que una presuntuosa aproximación a la vida. Erguida, cuadrada ante el homenaje de la ciudad al compositor salzburgués, recuerdo las notas pequeñas de los violines anunciando el encuentro entre el pajarero y su enamorada. Pamina toma la mano de Tamino, la mujer coge la mano de la niña para rodear la fuente de Mozartplatz. Al contrario de lo que piensan los jóvenes prodigiosos de cualquier disciplina, no hay ningún mérito en la soledad. Aprender, o dejarse enseñar, implica mostrar la propia ignorancia. Es así como somos descubiertos, como la mirada del otro es capaz de alumbrar nuestra secreta oscuridad. Y esa intimidad requiere cierta confianza, o cierto heroísmo; por eso todo aprendiz, al igual que todo enamorado, es un héroe. La mano del otro (amante, amigo, maestro) comunica un yo, apenas nombrable, radicalmente extranjero, con el mundo conocido. Cuando encuentra a Papagena, la locura de Papageno se transforma en sabiduría.

Con la piel enrojecida y el pelo canoso, habiendo recorrido tanto como el pajarero, un hombre mayor baila desaforado en Stephansplatz. Se termina el verano y se acercan las elecciones presidenciales. En Austria se enfrentan, por segunda vez, los Verdes y la ultraderecha de Norbert Hofer. Aquel domingo de agosto los primeros organizaron varios conciertos callejeros con el fin de recaudar fondos, y el sesentón se balancea allí, frente al escenario, mientras el cantante anima a votar al ecologista Van der Bellen para darles a nuestros hijos un futuro mejor. La izquierda ha retomado el discurso de la esperanza, de la fe, y es que en estas plazas europeas la sombra de la catedral siempre es alargada. O quizá es que el público allí congregado teme, cada vez con más razón, el triunfo de la xenofobia. Por su parte, Hofer también piensa en el futuro, aunque su retórica lo describe como una versión extendida del pasado. La Austria eterna, la Europa pura que olvida piadosamente el siglo veinte.

Qué es atravesar el fuego y el agua sino aprender a estar juntos. Viena, de calles anchas y pobladas, con sangre oriental y lengua alemana, bastarda como el corazón de Europa, ha hecho de la convivencia su cultura. Viena, disciplinada como el psicoanálisis o la decoración de las pastelerías, caótica como el amor de los artistas, sueña entre sus muros con mil mundos mejores. Nadie está solo en las noches luminosas de Viena: las voces corren por sus calles como el champán de las novelas, y en algunos rincones claros se oye el gorjeo de Papageno y Papagena. Mozart, que era masón y por tanto un optimista, nos enseña que si hay algo más allá del lenguaje no será un traumático silencio, sino la música. En Viena uno imagina que siempre ganan los buenos, porque hay una niña que juega y ríe en la Mozartplatz bajo la mirada de una mujer con velo azul, y porque Pamina y Tamino se abrazan en la corona de la fuente. De qué sirve aprender sino para ofrecerles, a quienes amamos, un futuro augurado por la flauta mágica.  

 

Etiquetas : música, lenguaje, cultura
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