La huella material (y social) de internet

Vivimos en lo que muchos llaman la “era digital”. Una era que, por supuesto, no es accesible a toda la población mundial y que percibimos como inmaterial. Delante de nuestros ordenadores y móviles, la información y las imágenes fluyen como si se tratase de algo exento de un entramado material y de consumo energético. Pongamos luz a los problemas ecosociales asociados a esta era digital desde la fabricación de los terminales, pasando por la fase de consumo y la de desecho de los mismos.

Las mochilas ecosociales de los terminales.

Como cualquier invento tecnológico complejo, la fabricación de los terminales se basa en un uso extensivo de materiales, un cóctel de cientos de minerales y productos de síntesis, muchos de ellos  pococoncentrados en la naturaleza. Por ejemplo, las tierras raras, un grupo de metales semejantes y difíciles de separar y diferenciar, que son fundamentales para la fabricación de productos electrónicos como ordenadores, tabletas, smarthphones o baterías. Pues bien, casi la mitad de las reservas mundiales de "tierras raras" están en China, que monopoliza la producción mundial con un 97% de la cuota de mercado. Para su obtención es necesario explotar gran cantidad de terreno en minas a cielo abierto, de tremendo impacto ambiental, y utilizar productos químicos muy tóxicos, algunos de ellos incluso radioactivos. De hecho, por cada tonelada de “tierras raras” extraídas, se producen alrededor de 12.000 metros cúbicos de gas residual peligroso, como puede ser el ácido sulfúrico; 75.000 litros de agua contaminada ácida y cerca de una tonelada de residuos radioactivos.

A todas estas “tierras raras” habría que sumar los cientos de minerales necesarios para la fabricación de los terminales (entre quinientos y mil para el caso de un teléfono móvil). A modo de ejemplo, el 80% de las reservas minerales del coltán se encuentran en la República Democrática del Congo y son explotadas, en su mayoría, por grandes multinacionales, con graves violaciones de los derechos humanos y alimentando conflictos bélicos encarnizados que se ensañan, como es habitual, con las mujeres y la infancia. 

En general, la mochila ecológica de los aparatos eléctricos es de enorme magnitud, asciende a 1.500 kilogramos para un ordenador y a 75kg para un móvil sencillo. Multipliquemos por los 2.000 millones de ordenadores que estuvieron funcionando en 2015 y que son ampliamente superados por el número de smartphones que hay en la actualidad.

Pero, para que los terminales reciban las señales de internet, se necesitan centros de datos, antenas, cables que cruzan continentes por tierra, mar (hasta 900.000 km de cables submarinos) y espacio (una amplia red de satélite son necesarios para que todo funcione). Una huella material a todas luces inconmensurable y difícil de imaginar en toda su dimensión.


Un uso “poco virtual”.

¿Cuántos correos electrónicos, WhatsApps, telegrams, recibimos y enviamos al día? ¿Cuánto tiempo estamos sentados delante de nuestras pantallas digitales? Intentad hacer la cuenta y pensad en cómo era hace, por ejemplo, cinco años. Y seguidamente preguntémonos si tenemos una ligera idea de cuánto gasto energético supone todo esto. Pues bien, un simple correo electrónico implica la emisión de cuatro gramos de CO2, cincuenta si lleva un adjunto “pesado”. Además, este impacto puede verse incrementado con otros factores como la cantidad de gente que vaya en copia en el mensaje, la regularidad con la que se limpie la bandeja de entrada, o la antigüedad del ordenador utilizado. 

Para seguir, algunos datos de contraste en relación a creencias falsas como “utilizar un ordenador nuevo será más eficiente energéticamente”. Sin embargo, el cambio de equipos, con frecuencia requiere utilizar nuevos materiales y uso de energía para su fabricación. Así, analizando todo su ciclo de vida para una búsqueda en internet de una palabra, las emisiones de CO2 se reducen entre un 20% y un 35% cuando el ordenador conectado a internet tiene siete años en lugar de cuatro. Otra: “Es más ecológico leer un documento en Internet que imprimirlo en papel”. Pues bien, dependerá en función del tiempo que destinemos a la lectura del documento. Por ejemplo, imprimir un texto de cuatro páginas (en blanco y negro y a doble cara) será más ecológico si se va a tardar más de quince minutos  leyéndolo en pantalla. O bien, leer el periódico en línea es más insostenible si se superan los veinte minutos de lectura en comparación con la edición en papel. Pensemos ahora en la cantidad de tiempo que pasamos navegando al día.

El espejismo del reciclaje de los aparatos electrónicos.

Cada año se generan cincuenta millones de residuos de aparatos electrónicos en el mundo. Estos resultan ser muy contaminantes, ya que están compuestos de elementos como cadmio, cromo, plomo, bromo y mercurio que provocan graves efectos en la salud y el medio ambiente. A pesar de los discursos que llaman a la población a la recogida selectiva de estos aparatos para su posterior reciclaje, dispositivos como los móviles contienen una cantidad de compuestos en pequeñísimas cantidades que hace  imposible su aprovechamiento. Además, el 80% de nuestra basura tecnológica se exporta a países como Ghana, China, Nigeria, India, Pakistán..., donde la tibia legislación ambiental (y laboral) supone graves problemas ecológicos y de salud pública.

Pero el problema de estos residuos no es sólo terrenal. También la basura espacial se ha convertido en una preocupación cada vez mayor en estos últimos años, relacionada con los satélites y con otros artefactos de la carrera espacial. Según el informe de la Oficina del Programa de la NASA de Restos Orbitales, se estima que existen 18.000 escombros de satélites y cohetes orbitando nuestro planeta, y no dejan de incrementarse año tras año. 

Entonces... ¿qué podemos hacer?

Como hemos visto, a pesar de las metáforas como virtual, nube, navegar... el impacto de internet y el entramado necesario, dista mucho de ser inmaterial y sostenible. Causan alrededor del 2% de las emisiones globales de CO2, la misma proporción que la industria de la aviación o que un país como Alemania. Del gasto energético producido, el 48% procede de los grandes servidores que almacenan la información, el 14% por las redes que transportan los datos, y un 38% por el usuario final. Se trata de un sector que incrementa su desarrollo de forma exponencial año a año y que parece olvidarse de sus efectos sobre el cambio climático y de los límites que impone un planeta en el que minerales y combustibles fósiles están agotándose.

La revolución que ha supuesto internet en nuestras vidas hace que lo consideremos imprescindible, pero se trata, como hemos visto, de una cuestión con luces y sombras. Se ha convertido en una red que genera dependencia y organiza lo inmediato, que facilita el trabajo de los colectivos sociales mientras concentra poder (el sistema financiero, el control de la población o las guerras modernas no serían posibles sin su uso), que parece inmaterial pero que arrasa por donde pasa. Una red que nos aleja del territorio próximo, pero por la que miramos el mundo en tecnicolor. Es el momento de repensar nuestra relación con todo este entramado, liberarnos de las pantallas y utilizarlas más frugalmente. Huir de la obsolescencia tecnológica, fomentar la reutilización de los aparatos, controlar el “síndrome de Diógenes digital” de guardar todo lo que nos llega, dejar de acumular Megabytes. Una especie de simplicidad virtual sin prescindir de lo bueno que nos aporta.

Sin embargo, las multinacionales de la información buscarán que sigamos en esta escalada sin fin, sin responsabilizarse de los impactos ecológicos, sin asumir los residuos tecnológicos, sin atender los derechos laborales y a las personas contaminadas por los metales, subvencionando guerras y situaciones de violencia... Se hace necesario también proponer políticas y normativas que pongan coto al descontrol de la basura tecnológica, a la mega-minería a cielo abierto, a la obsolescencia programada, en definitiva, al respeto de los derechos humanos y de la sostenibilidad ecológica.  En definitiva, un futuro en el que la tecnología sea el resultado de un control democrático y del bien común.



Fuente: http://www.empirica.do/blog/imagenes/30.jpg

 

Fuente:http://2.bp.blogspot.com/-2EwdrhG-_GE/U01AlnTHB8I/AAAAAAAAB8o/16_j0iSgTdQ/s1600/Producci%C3%B3n+vs.+demanda+mundial+de+tierras+raras.jpg

 

Chatarreros en basurero electrónico en Accra, Ghana. Foto de Basel Action Network (2005), en http://www.ban.org/photogallery/

 

Trabajadores separando componentes informáticos quemados para tratar de rescatar el cobre que contienen, en Guiyu, China. Foto de Basel Action Network (2005), en http://www.ban.org/photogallery/

 

 

Fuente: ILO, The global impact of e-waste, en http://www.ilo.org/wcmsp5/groups/public/—ed_dialogue/—sector/documents/publication/wcms_196105.pdf

 

NOTAS

1. Concepto desarrollado por el investigador del Instituto Wuppertal, Friedrich Schmidt-Bleek (1994), que cuantifica la cantidad de materiales necesarios durante todo el ciclo de vida de un producto.

2. El dato en https://www.xataka.com/otros/mil-millones-de-ordenadores-en-el-mundo

3. Almodóvar, J. & Ramírez, N. ¿Una red sin límites en un planeta limitado? Revista Ecologistas nº77 (junio 2013).

4. Almodóvar, J. & Ramírez, N. ¿Una red sin límites en un planeta limitado? Revista Ecologistas nº77 (junio 2013).

5. Álvarez, C. (2011). Lo que contamina un pendrive. http://blogs.elpais.com/eco-lab/2011/07/lo-que-contamina-un-pendrive.html#more

6.Ibidem.

7. Bellver, J. (2014). Lo pequeño no estan tan hermoso. https://www.fuhem.es/media/cdv/file/biblioteca/Boletin_ECOS/25/Lo%20peque%C3%BIo%20no%20es%20tan%20hermoso_J_BELLVER_.pdf

8.Almodóvar, J. & Ramírez, N. ¿Una red sin límites en un planeta limitado? Revista Ecologistas nº77 (junio 2013).

 

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