La ocasión la pintan calva

Ocasión y Fortuna debían levantar murmullos entre los demás dioses cuando salían a hacer de las suyas. Dos chicas algo alocadas, frivolonas, con la túnica demasiado corta. La una arrastrando a todas partes una rueda, la otra, calva. Podían haber ido en chándal si hubiera existido, como dos colegas de El Pera. Siempre juntas, mascando chicle, riendo entre dientes, repartiendo cal y arena a los romanos. Afortunadamente para los clásicos su religión no era tan personalista. Ritos y leyendas bastaban para mantener la moral pública y el poder del Estado dentro de una laxitud aceptable. Así pues, estas dos diosas son dos metáforas con patas, no nos juzgan pero tampoco nos deben nada. Así, igual de legítimo es que nos manden un décimo premiado o una patada en la entrepierna. C’est la vie.

Uno de esos cupones con premio le tocó a Carl Orff en 1937 cuando Ocasión le propuso poner música a las canciones de Bauern. El músico alemán apuntaló su carrera profesional con un pelotazo como Cármina Burana, música abrumadora y violenta, muy del gusto de la época y del país. Y no hay mejor forma de hacerlo que componiendo para Fortuna, velut luna, statu variabilis, semper crescis aut decrescis. Tan bien le fue al autor que, cuando Ocasión le propuso usar su influencia para ayudar a amigos represaliados por el régimen, él prefirió no hacerlo. Ella solo se asoma un segundo, no tiene tiempo para que te lo pienses. Carl dejó escapar a la diosa aquella vez y eso le pesó toda la vida. Para conseguir atraparla uno debe hacer uso de toda su inteligencia, querer desmedidamente que aparezca y, en el momento adecuado y con un gesto rápido, agarrarla por… ¿los pelos? Vaya. Se representa, efectivamente, con la nuca calva. No deja tras de sí una larga cabellera, es fugaz y concisa. Hay que tomar decisiones rápidas.

Una mala decisión fue la que tomó Esquilo al salir de casa el día en que murió. No es casualidad que el deceso del padre del teatro sea un pequeño cuento en sí mismo. El Oráculo le había advertido que moriría aplastado por una casa. La cara que se le tiene que quedar a uno. Esquilo, hombre aguerrido que había combatido en Salamina y Maratón, probablemente meditó profundamente sobre el significado de esas palabras antes de tomar otra decisión equivocada: mudarse al campo. Si no hay casas, no hay muerte. Oh, destino caprichoso. Una última decisión fatal fue la del águila que dejó caer sobre la calva de Esquilo una tortuga. Una casa, si aceptamos pulpo como animal de compañía. Ocasión le señaló una roca allá abajo, pero resultó ser el cráneo del primer autor de teatro. Decisión fatal para Esquilo y para la tortuga. Estas diosas son caprichosas pero al menos tienen algo de sentido del humor. Del humor negro.

Otra águila, ésta con bastante mala leche, vio aparecer por la puerta a Ocasión el día en que le tocó compartir rodaje con el mismísimo Donald Trump. Siendo ambas calvas, se entendieron al momento. La diosa solo tuvo que guiñar un ojo y el ave la emprendió a picotazos con el plutócrata delante de las cámaras. Un par de sustillos, nada más, Dios quiera darle salud muchos años. Pero fue suficiente para que el héroe americano preguntara un par de veces how’s my hair? Un ser humano de tanta calidad tiene necesariamente una relación de amor-odio con su destino. Aquel fue un episodio desagradable y el magnate no ha llegado hasta la cima precisamente poniendo la otra mejilla. Así que, lleno de rencor, meses después se hizo el encontradizo con Ocasión y, para sorpresa de todos, -ella la primera-  la agarró violentamente por el cuello, la tendió en el suelo boca abajo y le pisó el torso mientras le retorcía un brazo. Ahora es suya.

En todo caso, ¿qué tendrán que ver el III Reich, el teatro y Trump? Puede que nada. No hay cosa peor que sacar a pasear el manido paralelismo, el fetiche del Holocausto con la Shoá a la primera de cambio, tal y como hace la caverna cada vez que un president de la Generalitat abre la boca. Devalúa el concepto y es irrespetuoso. Dicho lo cual, Ocasión recordará para siempre los placajes que recibió de Trump y de Hitler, extraordinariamente violentos. They grabbed her by the pussy.

Así se va construyendo la Historia, a expensas de dos diosas amorales y volubles. Al fin y al cabo, ni siquiera existen. Menos mal que un jesuita, Baltasar Gracián, barroco y pesimista, tenía el don de resumir en lacónicos aforismos toda la insoportable levedad del ser. Escribió Gracián “sea uno primero señor de sí y lo será después de los otros. Se ha de caminar por los espacios del tiempo al centro de la ocasión”. Es probable que la literatura que consume Trump no incluya el Siglo de Oro español, seamos sinceros. Desconoce que Ocasión tiene que ser cortejada, no violentada.

El Presidente de EEUU no puede permitirse ahora el lujo de dejar pasar de largo a la diosa, encerrada en el sótano de la Casa Blanca. Tendrá que enfrentarse a ella todos los días, sostenerle la mirada, tendrá que decidir sobre la marcha cuándo callar, cuándo hablar. Qué decir, cómo decirlo. No hay razones poderosas para pensar que Trump pueda sentir una llamada trascendental, una epifanía que le convierta en un gobernante bueno y justo, que le haga señor de sí. Se parece más bien a los americanos de José Luis Cuerda, esos que “cuando seamos líderes, con todo el poder om-ní-mo-do, no nos olvidaremos, alcalde, que usted nos toca las pelotas”. 

Mientras el velo va cayendo nos damos cuenta de que en realidad ya sabíamos lo que había detrás. Lo sabía Carl Orff y le acompañó hasta la tumba. Lo sabía Esquilo y aun así trató de burlar al destino. Nos llevaremos las manos a la cabeza mil veces antes de reconocer que se veía venir. Para tranquilizarnos, eso sí, podemos pensar que entre Trump y la realidad se interponen los afamados checks and balances, los resortes de equilibrio de poder magistralmente diseñados para que todo cambie para seguir igual. Que se lo digan a Kennedy, con él funcionaron estupendamente. 

Artículos relacionados