Las aplicaciones del amor

  1. ESTADÍSTICA Y HETEROSEXUALIDAD

 A las dos de la madrugada de un sábado, probablemente de la madrugada más misántropa de mi vida, el móvil suena con una notificación cantarina. Martin, 27, me ha mandado un mensaje. “Hey, what’s up?”. No conozco a Martin, ni siquiera he chateado con él antes; surgido de las nieblas de la compatibilidad en Tinder, puede que esté interesado en saber cómo me trata la vida o que quiera conocer mi disponibilidad para encamarle en las horas siguientes. Si fueran las cinco de la tarde tendría claro que Martin quiere recorrer el camino que va de la conversación personal al encamamiento; pero está claro que, en cuanto a filosofía del lenguaje, soy pragmatista y el contexto importa. Creo que hubiera preferido que Martin, 27, a 3 km de distancia, comenzara su contacto nocturno con un cordial “Hey, wanna fuck?”, aunque también sospecho que el caballero maximiza sus posibilidades de éxito respecto a las damas si elige la expresión pudorosa. Lo cierto es que no sé nada de Martin, no sé si sus movimientos me resultan atractivos, no sé si su personalidad me provoca sensualidad o aburrimiento, así que a fin de cuentas mi respuesta depende de mis ganas de follar en ese momento. Martin y yo tuvimos mala suerte porque me escribió en una madrugada, como digo, muy misántropa, así que no contesté.

Puede que perdiese la oportunidad de conocer a una persona maravillosa que me hubiera hecho feliz esa madrugada o la vida entera. En realidad eso es lo que sucede cada vez que deslizas el dedo hacia la izquierda sobre un perfil nuevo, y en realidad esa oportunidad no está tan perdida si ninguno de los dos cancela la compatibilidad. Podría haberle escrito a la mañana siguiente, o a los cinco días, o un mes más tarde. La compatibilidad en Tinder no es una línea temporal de aventuras amorosas, sino una lista de parejas perpetuamente potenciales. Además los números me dan ventaja: los hombres heterosexuales pulsan el corazoncito verde sobre el 46% de los perfiles que ven, mientras que las mujeres concedemos nuestro favor al 14% de los candidatos. Si me apetece conocer a alguien, si una noche quiero mitigar la (desencantada, esencial) soledad del millenial, puedo montarme un plan en menos de veinte minutos. De eso va la cultura del lío, la hook-up culture, ¿no es cierto? Además, el mundo virtual facilita a las mujeres mayor margen de decisión respecto a los encuentros en la vida real. En realidad, la diferencia estadística entre hombres y mujeres apunta a que la desigualdad, como la procesión, va por dentro. Como vigilados por el ojo de las expectativas de género, ellos reconocen el atractivo de casi la mitad de las candidatas mientras que nosotras no le daríamos una oportunidad ni a uno de cada seis pretendientes. Necesitamos más elementos para que alguien nos guste.

2. AMOR MÍO, HABLEMOS, QUE AÚN NO AMANECE

Cinco fotos. Una descripción (o su ausencia). Páginas de Facebook en común, fotos en Instagram, música en Spotify. Esto somos, incluso esto buscamos. En un primer vistazo ya sabemos cuál es nuestra afinidad cultural, así que podemos dar rienda suelta a nuestros prejuicios. O no, si la persona de la foto es especialmente bella o nos recuerda a alguien que en un momento nos lo pareció. Sucede algo parecido con las aficiones o el parrafito, opcional, que se puede añadir al perfil: acabo deslizando el dedo a la derecha porque a él también le gusta Futurama o él también hace ciclismo. Puede ocurrir, no es descartable, que una tarde nos sintamos aventureros y busquemos parejas exóticas, fantaseando con adquirir nuevos fetiches o tratando de desactivar los fetiches viejos. El segundo criterio es el exacto negativo del primero. A veces queremos volver al pasado y a veces queremos huir de él, aunque siempre es nuestra imaginación la que está sola frente a la pantalla.

De modo que el ojo que mira, la mano que toca la pantalla, van cargadas de historia y cultura. La descontextualización espacio-temporal de las aplicaciones para encontrar pareja no elimina los estándares de deseabilidad: los chicos altos presumen de estatura, en Grindr se prefieren los chicos “masculinos”, las chicas no decimos nada de nosotras mismas. Este canon, llamémosle normativo, es contestado únicamente por una fantasía personal que tiene a su vez sus propios estereotipos. El primer encuentro analógico con una persona puede hacer resonar experiencias previas o desencadenar expectativas futuras, pero con todo el deseo se vive como una emoción hacia el otro. En lugar de desear a – estar con, acostarse con – alguien, las elecciones digitales permiten desear una relación, un polvo, una intimidad cualquiera. La abstracción del deseo conduce a un solipsismo amoroso que haría las delicias de un tipo como Arthur Schopenhauer, no precisamente conocido por su la generosidad de sus afectos.

Porque, llegados a este punto, hay que hablar de filosofía alemana. Hay que aludir a su anhelo por lo Absoluto, por el infinito, el anhelo inagotable que, en su versión más optimista – Nietzsche – no ofrece más que una extenuante victoria, puesto que la conquista absoluta exige un esfuerzo eterno. Conscientes de los límites de la carne individual, dar satisfacción al anhelo total (Sehnsucht, en la lengua de Novalis) nos exige una promiscuidad que hubiera ilusionado tanto a Arthur como a Friedrich. Desde el sexo a un largo chat vespertino, la intimidad ocurre de mil maneras. Dice la filósofa Remedios Zafra que ahora hay historias de amor que no necesitan siquiera el encuentro físico entre los amantes. Hemos hallado, ¡por fin!, la manera de consumar el amor cortés sin mancillar su espiritualidad. Quizá hice mal en dudar de las intenciones de Martin, 27, puesto que la diferencia entre chatear y follar no favorece necesariamente a la segunda o es directamente insignificante. Si Martin era un usuario competente esa noche siguió buscando a una chica que pudiera darle lo que él quería. Otras veces, cuando uno tiene un trabajo un poco menos precario o alcanza cierta edad se pregunta si esta clase de intimidad es la relación de pareja que necesita.

3. SENSE AND SENSIBILITY

La respuesta por defecto será un rotundo no. Ojo, no por convencional será una respuesta falaz: la vida es más cómoda si se juega en equipos de dos (y más placentera si los equipos son de tres, pero ese es otro asunto).  Se echa de menos la confianza, la solidaridad, la lealtad, al tiempo que cada quien ha descubierto ya qué necesita, o desea, del proyecto en común con otra persona. Uno ha aprendido por qué es más cómodo compartir aficiones con la pareja, y también a no asustarse ante las diferencias entre gustos. Sin embargo el círculo social se ha ido cerrando, de modo que esta madurez sentimental a menudo no tiene nadie a quien dedicarse. Pero no hay nada tan eficiente como Internet para reunir a gente con un interés común.

Ese interés común puede ser una actividad sexual concreta o un modo de relación afectiva, sean estas prácticas consideradas marginales (el poliamor, por ejemplo) o convencionales. La tecnología facilita explorar vías alternativas a las expresiones afectivo-sexuales tradicionales, por supuesto, pero éstas últimas también se ven transformadas. Los cuestionarios de agencias como Meetic o eDarling reflejan el ideal monógamo. Cinco fotos ya no es una presentación suficiente y es posible especificar en un alto grado qué se está buscando. Se exige además una cuota monetaria, porque el patrimonio es pariente cercano del matrimonio, aunque para asegurarse una pareja con ética del trabajo hay quien utiliza LinkedIn para ligar. En el plano espiritual se habla de compatibilidad de caracteres, una expresión que podría salir de un manual sentimental del 1800, y la chispa – la conexión, la química, el yo-qué-sé o el qué-se-yo – se provoca en el contexto de actividades grupales como un curso de cocina. La pareja para quien la trabaja, el enamoramiento viene después. Revistas, medios de comunicación, películas y series desconfían de la atracción como base de las relaciones y reivindican el valor, más racional, de congeniar o cuidar. La monogamia se va desprendiendo del amor romántico. La institución social es, de manera explícita, anterior al sentimiento amoroso.

Así que podemos decir que buscamos gente: para compartir una cena, una afición sexual, una relación afectiva del tipo que sea. Una vez formulamos la necesidad, Internet la resuelve con eficiencia. El deseo, imprevisible y polimorfo, se disgrega en varias aplicaciones, se especializa en las funciones adecuadas para cada usuario. La informática requiere categorías y etiquetas; por eso no nos acerca a un futuro de libertinaje, sino a institucionalizar toda fantasía. Al formular una necesidad estamos señalando una plaza vacante en nuestra vida. Tenemos libre el puesto de amante, de cónyuge, de enamorado, y dejamos entrar a alguien nuevo si funciona bien en su papel. De los sentimientos subrayamos su carácter temporal, pasajero, así que (también ellos) se convierten en precarios. El amor, al igual que el contrato indefinido, viene después de las prácticas: en las madrugadas misántropas aprendemos una vez más que los individuos se hacen reemplazables.

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