«La ciencia del lenguaje no se diferencia en absoluto de la ciencia del pensamiento», afirmaba Nicolas Beauzée (1717-1789), redactor de los artículos sobre Gramática para la Encyclopédie. Una centuria más tarde, Nietzsche, filólogo además de filósofo, enunciaba la misma ecuación con ligeras variantes: «El desarrollo del lenguaje y el desarrollo de la conciencia van de la mano» (1882). Al cabo de otro siglo, Chomsky suscribía: «Los principios de la gramática general son idénticos a los de la razón humana en sus operaciones intelectuales» (1985). Resonancias: «La propensión específicamente humana al intercambio y al comercio no es casual, sino que está condicionada por el uso de la razón y del lenguaje» (Marx, 1844). «El lenguaje es por excelencia el lugar común» (Ortega, 1933).
La voz viva de una montaña, de un volcán, es tan profunda y sabia como su infinito silencio cantado por el viento sobre laderas desnudas de caminos. Hoy casi nadie escucha. Desde algún inalcanzable cráter alguien podría gritar toda la rabia contenida del mundo, y la erupción de su voz sería tan callada y sorda como el dolido deshielo de un glaciar moribundo; acaso un alud en medio de la nada. Desde temprano, un hombre sin edad pero lleno de vida abandonó su empobrecida milpa - tierra dedicada al cultivo de maíz y, en ocasiones, de otras semillas- con el objetivo de ir a platicar con el Popocatépetl, luego de que su esposa estuviera soñando con el volcán por varias noches.
Cualquier persona con cierta sensibilidad estética se habrá percatado de que ahí afuera existe un mundo, y que ese mundo es bello y es digno de ser contemplado. Es bastante probable que la contemplación sólo sea un estadio inicial y que, tras el primer asombro, uno se sienta llamado a aprehenderlo, explorar sus misterios o compartirlos. Necesita, para ello, acudir a un lenguaje. En este momento, una certeza empaña su empeño. Ilya Prigogine, nobel belga, advierte: “El mundo es más rico de lo que ningún lenguaje es capaz de expresar”. El abismo que es el mundo no va a ser fácil de domeñar.
En un principio era la nada y la nada es de una simetría apabullante. La mires por donde la mires, la gires como la gires y la muevas como la muevas la nada permanece inmutable. Luego Dios creó la tierra y los cielos, y la simetría se fue al carajo. Si se paran a pensarlo, este desafortunado incidente es un gesto de muy mal gusto, que tiene como una de sus consecuencias más inefables la existencia de las sillas. Se lo explico: resulta que usted dispone de una nada perfectamente simétrica y bella y unas leyes físicas igualmente simétricas y bellas. ¿Por qué iba a surgir de tanta perfección un objeto tan fatalmente asimétrico como es una silla? No, en serio: levántese de su silla, obsérvela, dé vueltas a su alrededor, muévase.
Perdedores Hermosos (PH) es un colectivo de artistas sonoros que parte de un programa de radio en 1994 hacia una performance radiofónica y un disco de música experimental llamado Silencio! Odio a la música. Se sirven de música y textos propios, con adaptaciones de John Cage, Pascal Quignard, Oliverio Girondo, Friedrich Nietzsche, entre otros. Su obra acusmática -el auditor no ve la fuente del sonido que está escuchando- ha sido presentada en vivo en distintos espacios de la ciudad argentina de Córdoba como el Cine Club Municipal Hugo del Carril, el Teatro La Bataclana y la Universidad Nacional de Córdoba.
La sutileza suele ser un ingrediente base para explicar a los y las más pequeñas cuestiones que a los que ya no lo somos nos plantan un rojo en la cara, nos incomodan y nos obligan a llenar de eufemismos. Y pese a lo que podamos pensar, ellas, libres aún de prejuicios y vergüenzas, entienden la pureza y la sencillez mucho mejor que nosotras. Sirvan estas definiciones de Silencio, Armonía y Estruendo, de las alumnas y los alumnos de 2º del Colegio de Educación Infantil y Primaria de Nuestra Señora de las Nieves de La Zarza (Badajoz), como prueba de ello.
Sobre gustos no hay nada escrito”, dice el refranero, y difícilmente se encontrará un proverbio más desatinado. Sobre gustos se ha escrito muchísimo. Desde la Antigüedad clásica a nuestros días no han dejado de ver la luz textos que indagan sobre por qué gusta lo que gusta, qué cosas nos deberían gustar más que otras o por qué lo que a mí me gusta debería gustarnos a todos. Críticos pejigueros, guardianes morales y artistas empoderados han dejado un rastro histórico de escritos sobre el gusto que algunos curiosos husmeamos de cuando en cuando.
¿Y si no hablásemos? ¿Crearíamos otras formas de lenguaje? ¿Desarrollaríamos más el tacto, la mirada, el olfato? ¿Sonreiríamos más? ¿Menos? ¿Sentiríamos más los besos? ¿Nos besaríamos más y de más maneras? Nos miraríamos más las bocas o, quizás, al no emitir ya sonidos a través de ellas, quedarían invisibilizadas, como lo están las orejas hoy en día. Quizás dejaríamos cubrir nuestras bocas con bigotes. En ese caso, ¿qué otras partes del cuerpo empezaríamos a mirarnos más?

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