#5 F5 Actualización del sistema

 

¿Te imaginabas hace diez años que lo primero y último que verías al despertar y al acostarte sería una pantalla de un teléfono móvil? ¿Y que unos, o más bien unas, robots inteligentes llamadas Roomba o Braava limpiarían tu casa? ¿Era posible concebir que la juventud podría hacer las tareas del cole con un solo click, y que con un segundo click y en décimas de segundo podría también ser conducida a una página con consejos para ser anoréxicos? ¿Y que ya no nos comunicaríamos tanto con nuestras parejas mirándoles a los ojos sino enviándoles emoticonos?

En una ciudad del sureste de México se realiza un tianguis en el que pequeños productores y productoras ponen a la venta sus hortalizas, panes, quesos, tamales, tortillas y una amplia variedad de alimentos mesoamericanos. Entre las productoras se encuentra Carmelita; ella lleva al mercado chilpilhuajes, salsas, atole, pinole y algunos frutos, todos traídos y producido en su huerta. A la ciudad han llegado dos estudiantes que están interesadas en conocer la diversidad que hay en los huertos y de dónde vienen todos esos productos que han probado en el tianguis de la ciudad. Uno de los lugares que visitan es la casa de Carmelita, que les muestra su granja: tiene gallinas, pollos, conejos y varias plantas, muchas agrícolas y otras de ornato. De ahí obtiene todo lo que necesita para llevar y hacer los productos que comercializa en el tianguis. Carmelita les ha contado que lleva mucho tiempo sembrando; las semillas las consigue en los mercados de varios pueblos cercanos, en intercambio con otros productores y muchas las colecta de su huerta.

A las dos de la madrugada de un sábado, probablemente de la madrugada más misántropa de mi vida, el móvil suena con una notificación cantarina. Martin, 27, me ha mandado un mensaje. “Hey, what’s up?”. No conozco a Martin, ni siquiera he chateado con él antes; surgido de las nieblas de la compatibilidad en Tinder, puede que esté interesado en saber cómo me trata la vida o que quiera conocer mi disponibilidad para encamarle en las horas siguientes. Si fueran las cinco de la tarde tendría claro que Martin quiere recorrer el camino que va de la conversación personal al encamamiento; pero está claro que, en cuanto a filosofía del lenguaje, soy pragmatista y el contexto importa. Creo que hubiera preferido que Martin, 27, a 3 km de distancia, comenzara su contacto nocturno con un cordial “Hey, wanna fuck?”, aunque también sospecho que el caballero maximiza sus posibilidades de éxito respecto a las damas si elige la expresión pudorosa. Lo cierto es que no sé nada de Martin, no sé si sus movimientos me resultan atractivos, no sé si su personalidad me provoca sensualidad o aburrimiento, así que a fin de cuentas mi respuesta depende de mis ganas de follar en ese momento. Martin y yo tuvimos mala suerte porque me escribió en una madrugada, como digo, muy misántropa, así que no contesté.

1. Considerado como fenómeno histórico en sentido estricto —pues cabría remontarse a los asentamientos neolíticos en los que hace aproximadamente diez milenios tuvo lugar la revolución agrícola, e incluso al paleolítico, cuando los primeros homínidos dominaron el fuego—, el proceso de aceleración social, cultural y tecnológica a cuyo paroxismo asistimos en la actualidad se inició con la creación del alfabeto fonético y se intensificó exponencialmente con la sucesiva invención de la imprenta (1440) y el telégrafo (1844). Esta sería, al menos, la tesis defendida por el máximo profeta de la era electrónica, Marshall McLuhan. Ya Valéry afirmaba en 1943: «La brillante y deplorable carrera de Europa por legar al mundo la ciencia positiva y el triste ejemplo de la primacía de la riqueza, se produce entre el siglo VI antes de nuestra era y el siglo XX. Muy despacio al principio, de forma acelerada a partir del siglo XV, y con velocidad frenética desde 1800». 

Vivimos en lo que muchos llaman la “era digital”. Una era que, por supuesto, no es accesible a toda la población mundial y que percibimos como inmaterial. Delante de nuestros ordenadores y móviles, la información y las imágenes fluyen como si se tratase de algo exento de un entramado material y de consumo energético. Pongamos luz a los problemas ecosociales asociados a esta era digital desde la fabricación de los terminales, pasando por la fase de consumo y la de desecho de los mismos.

Soy un hombre y uso WhatsApp. A veces dudo sobre la primera afirmación. Nunca sobre la segunda. Porque usar Whatsapp es consustancial a la subespecie humana-occidental-partícipe-de-la-economía-de-consumo. Lo de ser hombre no, menos mal. Hombre y WhatsApp son dos conceptos que, relacionados, nos conducen hacia la “memeficación” sexual, esto es, la viralización de chistes ilustrados con montajes fotográficos de carácter sexual, alimento de cuñados en las conversaciones grupales. Participo en grupos de WhatsApp masculinos que son una auténtica bacanal de imágenes y vídeos pornográficos. Seguro que hay estudios científicos que explican el motivo fundamental que nos impulsa a compartir y descargar vídeos sexuales, aunque sinceramente no he leído ni buscado ninguno porque ofrezco mi visión personal del asunto, es decir, la perspectiva de un hombre que ha recibido muchos megas de material erótico. Además, la mayoría de los científicos que conozco trabajan en el Burger King y no tienen tiempo para entrevistas. Espero que os conforméis con mi visión, que es una visión sesgada por particular, endogámica y miope.

El 29 de enero se clausuraba en el centro Galego de Arte Contemporáneo la exposición Cut Through the Fog de la artista Eva Lootz. Lootz nació en Viena en 1940 pero desde 1968 reside en España, donde compartiría territorio con el sector cultural en una época de dictadura contestada.

Recuerdo a la perfección mi primer encuentro con ella dentro del Máster en Arte Contemporáneo de la Universidad de Vigo. La presentaron como una artista matérica. Asistí a la charla, reacia a lidiar con una visión del arte de la que me considero distante. Salí muy cerca de Eva. Tanto es así que hoy en día nuestro contacto es frecuente. Y no hablamos de materia, hablamos de sociedad. Algo tendrá que ver en todo esto lo que entiende Lootz por arena: “Lo que se quisiera retener y no cesa de escaparse entre los dedos”.

Magdalena Magnus aguardaba repantigada tras un escritorio de roble apolillado sobre el que había dispuesto una serie de artefactos, velas de colores y hachones de cera que le daban un aire de alquimista moderna. No había libros en las estanterías que pendían de la pared, sino pergaminos amontonados que olían a animales disecados. Ella misma, silueteada por la luz que penetraba desde la ventana ubicada a su espalda, parecía una funcionaria de la administración brujesca, secretaria de una secta mágica encargada de la recepción, catalogación y almacenamiento de arcanos imposibles. Nos conminó a que nos acomodáramos en dos sillas carcomidas por los apetitos de los insectos xilófago- Cuarenta y ocho horas no son nada en comparación con la longevidad del universo –dijo mientras prendía un hachón de cera ubicado a su espalda—; pero tenemos la obligación de aprovechar el tiempo en asuntos productivos. –Se incorporó y se acodó sobre el escritorio—. Sois una pareja disfuncional. Vuestro amor es dependiente. No he visto a la hembra gozosa ni al macho fecundador, sino a dos cachorros utilizando los mecanismos de la carne para obtener placer.

¿Te imaginabas hace diez años que lo primero y último que verías al despertar y al acostarte sería una pantalla de un teléfono móvil? ¿Y que unos, o más bien unas, robots inteligentes llamadas Roomba o Braava limpiarían tu casa? ¿Era posible concebir que la juventud podría hacer las tareas del cole con un solo click, y que con un segundo click y en décimas de segundo podría también ser conducida a una página con consejos para ser anoréxico? ¿Y que ya no nos comunicaríamos tanto con nuestras parejas mirándoles a los ojos sino enviándoles emoticonos?

Pages