Semillas y generaciones de historias

En una ciudad del sureste de México se realiza un tianguis en el que pequeños productores y productoras ponen a la venta sus hortalizas, panes, quesos, tamales, tortillas y una amplia variedad de alimentos mesoamericanos. Entre las productoras se encuentra Carmelita; ella lleva al mercado chilpilhuajes, salsas, atole, pinole y algunos frutos, todos traídos y producido en su huerta.

A la ciudad han llegado dos estudiantes que están interesadas en conocer la diversidad que hay en los huertos y de dónde vienen todos esos productos que han probado en el tianguis de la ciudad. Uno de los lugares que visitan es la casa de Carmelita, que les muestra su granja: tiene gallinas, pollos, conejos y varias plantas, muchas agrícolas y otras de ornato. De ahí obtiene todo lo que necesita para llevar y hacer los productos que comercializa en el tianguis. Carmelita les ha contado que lleva mucho tiempo sembrando; las semillas las consigue en los mercados de varios pueblos cercanos, en intercambio con otros productores y muchas las colecta de su huerta.

Al igual que Carmelita, mucha población campesina y productora en México obtiene semillas de intercambios, de ferias, de la producción de sus predios, parcelas, huertas o solares. La diversidad biológica y cultural de semillas que forman parte de los cultivos agrícolas y de la dieta mexicana son el resultado de la domesticación que se ha realizado de generación en generación y que permitió la selección de rasgos deseados, como mayor suculencia, mayor tamaño o mejor adaptación. En México se han domesticado especies como el maíz, el frijol, el jitomate, las calabazas, los diversos chiles, el algodón, el aguacate, la vainilla, el tabaco, el camote, el cacao, el cacahuate, distintas variedades de chayote, el maguey, el nopal  y el amaranto.

Los intercambios de semillas y la siembra de variedades criollas forman parte de la agricultura tradicional y han perdido fuerza en México debido a diversos factores: por una parte, los sociales como la migración, la falta de interés de las nuevas generaciones y la desvalorización del trabajo en la campo; por otra parte, la elaboración de políticas públicas que impulsan acuerdos comerciales con empresas transnacionales con lo que se disminuye el mercado y las cadenas de valor para los pequeños y medianos productores. 

La agricultura en México ha tenido cuatro capítulos. El primero es la agricultura tradicional, que plantea diversos métodos basados en la observación de la naturaleza y la incorporación de símbolos y rituales aprendidos por generaciones. El segundo capítulo llegó a mediados del siglo XX con la llamada Revolución Verde (1), que consistió en incrementar el rendimiento de la actividad agrícola a través del uso de paquetes tecnológicos integrados por fertilizantes, plaguicidas y sistemas de riego en grandes extensiones de terreno, que llevaron la erosión del suelo y la pérdida de agrobiodiversidad. El tercer capítulo ha sido la introducción de Organismos Genéticamente Modificados (OGM) o transgénicos. El cuarto y último capítulo es la agroecología, que forma parte de las respuestas contra los OGM.

Los OGM son organismos que a través de métodos de genética y biología molecular ven modificados su ADN, adquiriendo genes con características de otros organismos. En general, el proceso consiste de tres etapas: primeramente desnaturalizar las células para obtener el gen deseado –en la agricultura, algunos de los genes que se han adquirido pertenecen a la bacteria Bacillus thuringensis–. La segunda etapa consiste en introducir el gen en un organismo que se reproduzca rápido, para obtener muchas copias del gen –esto se realizar en muchas ocasiones a través de la bacteria Escherinchia coli–. Finalmente, esos genes son introducidos en la especie que se desea que los adquiera, como está ocurriendo mucho con el maíz, el algodón, el trigo o la soja entre otros, obteniéndose así semillas transgénicas.

En la actualidad muchos países están legislando leyes con respecto al uso y comercialización de semillas. La organización internacional GRAIN ha publicado y documentado que estas leyes son muy similares y se basan en la International Seed Federation (ISF). La representación de México en el ISF está a cargo de la Asociación Mexicana de Semilleros A.C (AMSAC), que tiene como miembros a Monsanto, Syngenta, Dow, Dupont o Pioneer, empresas transnacionales capaces hoy en día de acabar con la economía local y campesina. En la actualidad, controlan alrededor del 75% del mercado mundial de agroquímicos, el 65% del mercado mundial de semillas y el 75% de toda la investigación privada en el sector de semillas y pesticidas. Estas empresas también se dedican a la producción de OGM y la venta de paquetes tecnológicos para el campo.

Por su parte, el gobierno de México publicó en 2007 la Ley sobre la producción, certificación y comercio de semillas. En ella se prohíbe la comercialización y distribución de semillas no certificadas y calificadas por el Servicio Nacional de Inspección y Certificación de Semillas (SNICS). Este servicio declara que sus principales actividades son: verificar y certificar el origen y la calidad de las semillas, proteger legalmente los derechos de quien obtiene nuevas variedades de plantas a través de un derecho de obtentor y coordinar acciones en materia de recursos fitogenéticos para la alimentación y la agricultura. Con esto queda prohibido el uso libre de las semillas, convirtiendo las prácticas de intercambio, regalo y selección de semillas  en delitos, y provocando además que la población productora consuma paquetes biotecnológicos y se vuelva dependiente de ellos, afectando así a la soberanía alimentaria que se ha construido y heredado por generaciones y generaciones.

AMSAC y SNICS han lanzado la campaña Contra el Uso de la Semilla Pirata, afirmando que la piratería de semillas consiste en la comercialización de semilla que ha sido obtenida de forma ilegal, no científicamente y violando los principios y derechos de propiedad de quien realizó la labor de investigación y desarrollo. Con esta campaña desacreditan el trabajo de domesticación realizado durante generaciones por las familias productoras y consumidoras.

El control de las semillas y la introducción de transgénicos en los campos mexicanos ha provocado crisis en la producción de la población campesina, como por ejemplo malformaciones de las plantas –en el caso de maíz, se ha identificado que las plantas forman un tallo muy largo que no produce mazorcas– o la contaminación transgénica en la producción de miel.

Afortunadamente, en un país donde las relaciones con las semillas, su producción y su consumo forman parte de la identidad y la dinámica de sus pueblos, es muy difícil controlar las prácticas de intercambio y producción, por lo que hasta la fecha tanto Carmelita como otros productores siguen manteniendo esas prácticas.

 

En México, de norte a sur, se celebran cada año diversos festivales y ferias que promueven la diversidad de las semillas y los rituales que han acompañan su siembra y producción. Con ello se ha logrado rescatar y conservar la diversidad agrícola, biológica y cultural de las semillas.

Para que Carmelita y otros productores puedan seguir usando las semillas y elaborando productos a partir de las mismas de la misma forma que antiguas generaciones lo han hecho, es necesario que se promuevan intercambios de semillas criollas, que se amplíen los mercados de productos agrícolas y que las semillas permanezcan en manos de los campesinos y no de las empresas transnacionales.

Frente a los intentos de desacreditar el papel de la cultura popular, la propiedad colectiva, el intercambio, etc., toca reivindicar que la agricultura no proviene de la transferencia tecnológica ni de la investigación subvencionada por parte del Estado, sino del proceso autónomo y artesanal de recuperación de la sabiduría popular y del fomento de la colaboración social y del intercambio de semillas.

Todos los miércoles y sábados Carmelita se levanta muy temprano, alista su canasta con tamales, chilpihuajes, salsas y frutos que cubre con servilletas llenas de bordados, prepara sus jarras de atole, amarra un paliacate a su cabeza, se pone su mandil y así, lista ella y todo lo que vende, sube a un taxi rumbo al tianguis, donde continúa vendiendo y ofreciendo  los sabores y colores que germinan en su huerto.

 

 

Notas.

(1) Durante la Revolución Verde de los 60 y 70, los gobiernos occidentales introdujeron forzosamente el cultivo comercial de arroz y trigo a gran escala en los países mal llamados subdesarrollados o en vías de desarrollo. Si bien el hambre fue mitigada en el corto plazo, lo que esto provocó fue introducir en dichos territorios cultivos ajenos que desplazaron a las semillas tradicionales cultivadas históricamente por el campesinado local y con mucha más adaptabilidad a las condiciones locales.

 

 

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