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Ocasión y Fortuna debían levantar murmullos entre los demás dioses cuando salían a hacer de las suyas. Dos chicas algo alocadas, frivolonas, con la túnica demasiado corta. La una arrastrando a todas partes una rueda, la otra, calva. Podían haber ido en chándal si hubiera existido, como dos colegas de El Pera. Siempre juntas, mascando chicle, riendo entre dientes, repartiendo cal y arena a los romanos. Afortunadamente para los clásicos su religión no era tan personalista. Ritos y leyendas bastaban para mantener la moral pública y el poder del Estado dentro de una laxitud aceptable. Así pues, estas dos diosas son dos metáforas con patas, no nos juzgan pero tampoco nos deben nada. Así, igual de legítimo es que nos manden un décimo premiado o una patada en la entrepierna. C’est la vie.

Algunos colaboradores de Istmos tuvimos ocasión de acudir, hace un año escaso, a un foro universitario al cual nos une un estrecho vínculo emocional. Allí, recordando viejos tiempos, presenciamos algunas reflexiones en voz alta del expresidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero. Esa tarde José Luis jugaba en su campo, sin duda, rodeado de algúnos íntimos colaboradores y ante un público dispuesto a no despellejarle. Pocas ventanas a las que poder asomarse le quedan a alguien tan denostado como él. De momento, al menos.
Armarse, montarse la de Dios es Cristo o, más familiarmente, la de Dios a secas. Es decir, un lío, un quilombo, una merienda de negros, una agria polémica con Iñaki Gabilondo. Los que hemos ido a colegio de curas sentíamos además cierto pudor al escuchar estas palabras porque suenan a herejía de las gordas, de las de tortura y hoguera. Mencionar de golpe y con tal sonoridad a dos terceras partes de la Trinidad debía de ser una forma agravada de violación del segundo mandamiento. Afortunadamente para nosotros, Dios fue sepultado por Nietzsche o murió de inanición como Freddy Krueger. Hoy podemos tomar su nombre alegremente para someterlo a una autopsia que ojalá no sea en vano.
Mi padre recuerda que, de niño, le dejaban sujetar la cola del cerdo durante la matanza. El marrano se retorcía –y chillaba como solo ellos saben hacerlo- mientras se desangraba con un gancho clavado en la garganta. Los niños también participaban de este holocausto familiar en torno al día de San Martín, once de noviembre. Una fiesta de trabajo duro que daba paso al frío y al letargo. Las largas y oscuras tardes se hacían más interesantes con morcillas, chorizos y demás orografía de este animal. Una máquina de convertir mondas de patata en grasa. Del cerdo, hasta los andares. Aparte del epicentro de la gastronomía nacional, el cerdo es realmente un animal polémico, motivo de división y disputa desde tiempo inmemorial. Enigmáticas declaraciones del dios de los judíos cuando –Levítico, 11- enumera los animales impuros que su pueblo debe aborrecer.
Aunque un refrán es un dicho agudo y sentencioso, bien nos vale esta expresión –¿traída por los pelos?- para peinar un rincón oscuro de nuestro lenguaje. ¿Por qué no se debe hablar de esta prenda? ¿Quién querría robarnos tanta diversión? ¿Qué tabú pesa sobre ella? ¿Qué se esconde debajo de la moqueta? Soltémonos el pelo, atrevámonos a incumplir el mandato y hablemos, entre otras cosas, del peluquín. La relevancia del pelo y de la ausencia del mismo es una preocupación tan antigua como la alopecia, maldita alopecia. Solo lo sabe el que la sufre. Este trastorno fundamentalmente social (del latín alopex, zorro, que cambia el pelo dos veces al año) puede tener múltiples causas, pero fundamentalmente es una: de padre calvo, hijo calvo. En un lenguaje algo más científico, la alopecia androgénica indica que tus folículos pilosos son demasiado sensibles a tu testosterona. No necesariamente significa que seas más macho, sino más bien que tus pelos son un poco made in China.