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1. Considerado como fenómeno histórico en sentido estricto —pues cabría remontarse a los asentamientos neolíticos en los que hace aproximadamente diez milenios tuvo lugar la revolución agrícola, e incluso al paleolítico, cuando los primeros homínidos dominaron el fuego—, el proceso de aceleración social, cultural y tecnológica a cuyo paroxismo asistimos en la actualidad se inició con la creación del alfabeto fonético y se intensificó exponencialmente con la sucesiva invención de la imprenta (1440) y el telégrafo (1844). Esta sería, al menos, la tesis defendida por el máximo profeta de la era electrónica, Marshall McLuhan. Ya Valéry afirmaba en 1943: «La brillante y deplorable carrera de Europa por legar al mundo la ciencia positiva y el triste ejemplo de la primacía de la riqueza, se produce entre el siglo VI antes de nuestra era y el siglo XX. Muy despacio al principio, de forma acelerada a partir del siglo XV, y con velocidad frenética desde 1800». 

Queremos volver, pero no os asustéis», alerta el editorial de Istmos. Aunque nuestro país no haya ganado para sustos a lo largo de su historia, aunque volver a él signifique adentrarse en el laberinto de una identidad problemática, en el historial clínico de un caso perdido, desterrad todo temor —y, por supuesto, toda esperanza—. Se cuenta que en pleno debate sobre la Constitución española de 1978, Juan Benet propuso una posible cláusula que rezaba así: «Todo español, por el mero hecho de serlo, tiene derecho al fracaso». No sería mal lema para una radiografía crítica del alma española.
«La ciencia del lenguaje no se diferencia en absoluto de la ciencia del pensamiento», afirmaba Nicolas Beauzée (1717-1789), redactor de los artículos sobre Gramática para la Encyclopédie. Una centuria más tarde, Nietzsche, filólogo además de filósofo, enunciaba la misma ecuación con ligeras variantes: «El desarrollo del lenguaje y el desarrollo de la conciencia van de la mano» (1882). Al cabo de otro siglo, Chomsky suscribía: «Los principios de la gramática general son idénticos a los de la razón humana en sus operaciones intelectuales» (1985). Resonancias: «La propensión específicamente humana al intercambio y al comercio no es casual, sino que está condicionada por el uso de la razón y del lenguaje» (Marx, 1844). «El lenguaje es por excelencia el lugar común» (Ortega, 1933).
La estancia de los conquistadores de lengua árabe en España durante ocho siglos no podía menos de dejar profunda huella entre los cristianos. Las relaciones políticas y matrimoniales entre las familias soberanas de ambas religiones empezaron ya en los primeros tiempos de la Reconquista, y el trato guerrero y comercial de ambos pueblos no cesó jamás. Alrededor de las huestes cristiana y mora, que en la frontera vivían en continuo trato, había una turba de enaciados que hablaban las dos lenguas, gentes de mala fama que hacían el oficio de mandaderos y correos entre los dos pueblos y servían de espías y prácticos al ejército que mejor les pagaba; y sin que constituyera una profesión como la de estos, había también muchedumbre de moros latinados o ladinos que sabían romance, y cristianos algarabiados que sabían árabe.
Al igual que la patafísica —ciencia de las soluciones imaginarias ideada por Jarry y festejada por dadaístas y surrealistas—, la etimología tiene algo de disciplina fortuita, de ciencia casual, de juego caprichoso. Hacia el año 633 de nuestra era, Isidoro de Sevilla apuntaba: «Nuestros antepasados no impusieron nombre a todas las cosas considerando la naturaleza de estas, sino que en ocasiones obraron a su antojo, del mismo modo que nosotros, a veces, damos a nuestros siervos y posesiones un nombre según nos place» (Etimologías, I, 29, 2). De las incidencias del azar en la etimología da cuenta el origen mismo de la palabra AZAR, procedente del vocablo árabe zahr, «flor», en referencia a la flor (de azahar) que se pintaba en una de las caras del dado como signo de lance desfavorable en el juego. ¿Qué conexión cabría establecer entre la floración del naranjo y la adversidad en el lanzamiento de dados?

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