WhatsApp y pornografía

Soy un hombre y uso WhatsApp. A veces dudo sobre la primera afirmación. Nunca sobre la segunda. Porque usar Whatsapp es consustancial a la subespecie humana-occidental-partícipe-de-la-economía-de-consumo. Lo de ser hombre no, menos mal. Hombre y WhatsApp son dos conceptos que, relacionados, nos conducen hacia la “memeficación” sexual, esto es, la viralización de chistes ilustrados con montajes fotográficos de carácter sexual, alimento de cuñados en las conversaciones grupales. Participo en grupos de WhatsApp masculinos que son una auténtica bacanal de imágenes y vídeos pornográficos. Seguro que hay estudios científicos que explican el motivo fundamental que nos impulsa a compartir y descargar vídeos sexuales, aunque sinceramente no he leído ni buscado ninguno porque ofrezco mi visión personal del asunto, es decir, la perspectiva de un hombre que ha recibido muchos megas de material erótico. Además, la mayoría de los científicos que conozco trabajan en el Burger King y no tienen tiempo para entrevistas. Espero que os conforméis con mi visión, que es una visión sesgada por particular, endogámica y miope.

La vida es cuestión de etapas. Nací analógico y vivo digital, así que mi primer contacto con la iconografía sexual fueron los calendarios promocionales que mis amigos sustraían de las carteras de sus padres. Eran otros tiempos y los empresarios de la construcción (hormigón, carpintería industrial, azulejería) fidelizaban a sus clientes regalándoles estampas de féminas desnudas. Aún recuerdo cuando un buen amigo me regaló la imagen de una mujer morena de estética ochentera, turgentes pechos y mirada felina que me sirvió de inspiración durante todo un verano. Mientras otros púberes intercambiaban cromos de Batistuta o Iván Campo, mis amigos y yo compilábamos un auténtico santoral pagano de efigies en pelotas. Fuimos fieles devotos de pechos y sexos. Aprendimos las nociones de anatomía que nuestro colegio reservaba para la última unidad del libro de ciencias naturales donde resultaba complicado diferenciar penes, vulvas, ovarios y testículos de la casquería expuesta en el catálogo del charcutero. Pero cometimos el error fatal de bautizar a las modelos de las fotografías y con los nombres llegaron los celos y las disputas, hasta que disolvimos aquella hermandad pajillera porque cada uno de nosotros se había enamorado de una estampa diferente. Tiempos de caspa.

Quince años después esas cofradías masculinas, apologetas de la masturbación coral, se denominan «Despedida de soltero de Javi el Tarado» o «Fútbol 7: te peto el Álvaro Ojeda» o «Festival desfase» o «Fin de semana de tíos» y son, efectivamente, grupos de WhatsApp. Los niños que hace cuarenta años visionaban las primeras temporadas de Saber y Ganar con la esperanza de que el documental de La 2 transportara al espectador a las exóticas tierras de África para maravillarse con la contemplación de los pechos flácidos y estriados de las matriarcas zulúes, son hoy consumidores/distribuidores compulsivos de contenidos pornográficos que comparten con cierto afán democratizador. La diferencia es la despersonalización. Al margen de la memoria del teléfono móvil, nadie recuerda a los referentes de una fotografía o un vídeo caliente. Sirva como excepción confirmadora de la regla el afamado negro del WhatsApp, cuyo miembro elefantino ha despertado admiración, recelo e incluso pena -que siempre hay quien considera una pena el exceso de pene-.

Nunca llueve a gusto de todos, a pesar de que el squirting es posiblemente uno de los subgéneros más afamados entre todos mis compañeros. De hecho, los miembros del grupo «Pelotaris Muertos» mantuvimos un acalorado debate pseudocientífico sobre la procedencia de semejante turbión de fluidos hasta que determinamos que el squirting no emana en ningún caso de la vagina ni mucho menos de la zona perineal –como sugirió uno de mis amigos, virgen a la edad de 30 años para más señas—; ni por supuesto surge del ano como anhelaba otro de mis colegas –que es coprófago, suscriptor del youtuber Dalas Review y votante del Partido Popular, es decir, coprófago al cubo—; ya que el squirting brota de la vejiga urinaria femenina impelido por la potencia del orgasmo. Durante la discusión, los líderes de opinión de cada una de las facciones implicadas (facción vaginal, facción perineal, facción anal y facción uretral), aportamos fotografías, vídeos y esquemas recopilados de internet. Visionamos una producción estadounidense en la que una mujer era taladrada por una máquina folladora que le provocaba un orgasmo tras otro. La máquina parecía un potro de tortura con la particularidad de que los objetos punzantes eran, en esta versión, falos de plástico tamaño negro del WhatsApp de punta roma. Un hombre enmascarado, vestido con cuero, manejaba el artilugio a control remoto como si aquella máquina fuera una extensión de su cuerpo. El apéndice percutor taladró el sexo de la mujer hasta el décimo éxtasis, que fue celebrado con la expulsión de un poderoso chorro que salpicó la cámara. Yo mismo aporté otra grabación realizada en una conferencia divulgativa con público real que tomaba apuntes de todo lo que decía una experta en squirting, quien explicó unos cuantos detalles sobre fisiología básica antes de comenzar a masturbarse con tanto criterio que se corrió como una asceta mística en menos de un minuto. No fue casualidad que yo compartiera aquel vídeo de un orgasmo precoz. Era mi manera de confesarle a mis amigos el problema de forma implícita. Nadie atendió mi sutil petición de auxilio. La conclusión –regresando al hilo argumental—  es que fueron dos semanas de squirting intensivo hasta que nos aburrimos y encontramos otro subgénero. El grupo de los «Pelotaris Muertos» continúa activo pero nadie habla.

Por suerte tengo muchos amigos, pero desgraciadamente mis amigos tienen gustos sexuales muy variopintos y les encanta compartirlos: bukkake, gangbang, creampie, milf, sado, pishing, etc. Los portales de pornografía se han convertido en una suerte de catálogo de Ikea y, por extensión, cada usuario amuebla la memoria de su teléfono móvil con sus materiales preferidos. El problema son las víctimas. Aquellos que no quieren consumir tanto sexo pero reciben notificaciones a diario. Nuestra sociedad ha alcanzado un grado de hipersexualización tan brutal que aquellos que envían vídeos de coitos tradicionales o tríos son tachados de cursis por los demás componentes del grupo.  Llegados a este punto conviene destacar la importancia del género freak, un híbrido que combina a la perfección las aberraciones sexuales y otras rarezas por el estilo. Son vídeos hilarantes. A día de hoy son los contenidos preferidos de «Pelotaris Muertos». La mayoría de estas producciones son caseras y sus protagonistas merecerían estampar su sello en el paseo de la fama de cualquier capital provinciana. Todos hemos sido víctimas del amigo depravado que encuentra todo tipo de perversiones y las distribuye con alegría después de desearte un día maravilloso. Estos especímenes madrugan mucho o son los últimos en acostarse, de manera que los demás despiertan con la visión de un fenómeno de la naturaleza fornicando como si no hubiera mañana.

Otra tipología de vídeos transferidos son los opúsculos amateurs grabados en la intimidad de una relación sexual, es decir, chica y chico, en confianza, follan y graban. Por lo general, chica realiza felación y chico graba; o bien chica cabalga y chico graba; o bien chico y chica, urgidos por la pasión, mantienen relaciones sexuales en aseos, parques o playas y un tercero graba; o bien chica se masturba y se graba; o baila sexy y se graba... y así hasta el infinito en tanto que las fórmulas de la pornografía amateur son innumerables. Precisamente la etiqueta amateur -con el aliciente de imagen publicada sin consentimiento- conlleva un puntito de humillación y morbo que convierte a algunos usuarios de Whatsapp en verdaderos pistoleros del compartir, compartir, compartir.

Y llegados a este punto abandono al personaje que te ha narrado la historia. Derribo la cuarta pared, así que basta de cuñadismo. La pornografía como sector audiovisual no encierra ningún mal, siempre y cuando las trabajadoras y trabajadores desempeñen su trabajo en unas condiciones laborales dignas. Pero hay una realidad subyacente que a mí, particularmente, me resulta aterradora. Hace tiempo desactivé la opción de WhatsApp que descarga los vídeos automáticamente porque entendí el alcance del problema. No me malinterpretes. No soy un beato. No me incomoda ni me asusta ni me repugna el sexo, pero sí la utilización de la mujer como un objeto manipulable al servicio del desfogue masculino, triste realidad en la mayoría de los vídeos transferidos a través de mensajería. Son contenidos precarios que simplemente presentan una situación que, por norma general, humilla al sexo femenino; así que cabría preguntarse dónde se han producido, en qué circunstancias y cuáles fueron las condiciones del contrato, si lo hubo. Me preocupa que exista una relación contractual porque muchos de los materiales audiovisuales que se han viralizado fueron filmados sin consentimiento o pertenecen al fúnebre subgénero de los ”vídeos de venganza” en los que un hombre publica imágenes íntimas de su ex para castigarla tras haber terminado la relación. Existe una tendencia nefasta a culpabilizar a las víctimas. Casi puedo escuchar al cuñado: «Que no se hubieran dejado grabar». Desconocemos la identidad de las personas que aparecen, de repente, en nuestros teléfonos móviles. Vemos el vídeo, lo olvidamos y, llegado el día, lo borramos, pero realmente no sabemos qué hay detrás de ese material, y quizás deberíamos plantearnos realmente si no estamos contribuyendo, de manera pasiva, al linchamiento digital de personas que han sido utilizadas. La sobreinformación es la censura de nuestra época. Si no podemos recordarlo ni siquiera ha existido. Quizás haya llegado el momento de plantearnos qué ocurre tras las pantalla cuando compartimos cualquier tipo de publicación. Pero esa es ya otra historia.

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